Las sanciones llegan después. Antes de ese punto, hay una serie de señales, vínculos y malestares que pueden quedar sin leer. Los recientes casos de estudiantes que llevaron armas a escuelas tucumanas volvieron a poner el foco sobre una pregunta más difícil que la del castigo: qué puede llevar a un adolescente a atravesar ese límite y qué pueden hacer los adultos antes de que ocurra.
Para la psicóloga Silvina Cohen Imach, especializada en niños y violencia, la presencia de un arma dentro de una escuela no debe analizarse sólo como una conducta individual. “La irrupción de un arma de fuego en el ámbito escolar en manos de un adolescente no es un hecho policial aislado ni un episodio fortuito; es un síntoma social agudo”, afirmó.
Tensión en una escuela de Alderetes: funcionarios del Gobierno analizaron el caso de la alumna que llevó un arma a clasesCohen explicó que durante la adolescencia temprana se producen cambios vinculados con la identidad, la pertenencia al grupo y la búsqueda de autonomía. En ese contexto, sostuvo que el arma puede adquirir un significado que excede al objeto en sí.
“En la clínica observamos que el arma suele operar como una prótesis de poder frente a la fragilidad”, señaló. Según explicó, puede aparecer como una respuesta frente al bullying, la frustración, la indefensión o un malestar que el adolescente no logra expresar con palabras.
“Allí donde falla la elaboración simbólica del sufrimiento, irrumpe el acto”, afirmó.
Las señales
Cecilia López, psicóloga y docente, puso el foco en aquello que los adultos pueden observar antes de que una situación escale.
“Los chicos muestran señales, pero hay que aprender a leerlas”, sostuvo. Entre ellas mencionó cambios abruptos de humor, frases desesperanzadoras, fascinación por la violencia, comentarios agresivos, bullying, aislamiento y silencio.
“Dijo que había traído un arma”: qué se sabe sobre el episodio en una escuela de AlderetesPara López, la escuela tiene un lugar central en esa detección. Por eso consideró necesario capacitar a docentes y fortalecer los equipos de prevención.
“La sanción sólo pone un límite. La prevención va para cambiar la historia de ese chico y de todos”, expresó.
La especialista sostuvo que el trabajo preventivo también debe incluir educación emocional y espacios donde los adolescentes puedan encontrar otras formas de expresión. Mencionó la música, el deporte, la pintura, el teatro, el baile y otras actividades artísticas como herramientas que pueden favorecer la salud mental.
El papel de los adultos
En este punto, las dos especialistas coincidieron en que el análisis no puede quedar concentrado únicamente en el estudiante.
“El eje del análisis no puede centrarse únicamente en el adolescente, sino en la cadena de fallas en la contención y supervisión adulta”, planteó Cohen.
También señaló como aspectos centrales la custodia de objetos peligrosos dentro del hogar, la banalización del riesgo y la falta de atención sobre posibles señales en la conducta o en la vida digital.
Momentos de terror: un chico de 14 años realizó un disparo dentro del aula con el arma que llevó a la escuelaLópez coincidió en la necesidad de contar con adultos disponibles, tanto dentro como fuera de la escuela. “Tiene que haber adultos disponibles, tienen que haber familias disponibles”, sostuvo.
Para ambas, la escuela no puede afrontar sola situaciones de esta complejidad. Cohen planteó la necesidad de una articulación entre familia, escuela y comunidad. López sumó la importancia de construir redes con Salud y de orientar a los docentes para reconocer señales.
Acompañamiento
Uno de los debates que surgió después de los episodios fue la posibilidad de revisar las mochilas de los alumnos. López rechazó esa alternativa como una solución preventiva.
“No se trata de eso”, afirmó. Según explicó, el adolescente necesita límites, pero un control de ese tipo puede ser percibido como una invasión y colocarlo a la defensiva.
Cohen tampoco consideró que la respuesta deba centrarse en medidas de carácter policial. “Transformar la escuela en un espacio de sospecha no resuelve la problemática subyacente”, sostuvo.
El trabajo, coincidieron, debe continuar también después del episodio. López consideró necesario acompañar a los compañeros que presenciaron una situación de este tipo, preguntarles cómo se sienten y trabajar desde la reflexión y la empatía.
“No podemos condenar como si fueran adultos”, afirmó.
Para Cohen, el desafío pasa por recuperar la palabra antes de que el malestar encuentre una salida violenta. “Proteger a nuestros adolescentes exige presencia adulta responsable”, concluyó.